Lados opuestos.


Hay quienes aún dicen que esta historia es cierta, hay quienes no lo creen, a otros ya no les importa. Es una historia escrita por mí y creo que merece ser publicada, la crean o no, les importe o no. Toda suya, espero disfruten de ésta, la primera de tres partes.

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Will siempre fue un soñador, su mirada y aquel brillo tan particular en sus ojos oscuros lo delataban. Caminaba lento y relajado, pero muy seguro, sus casi dos metros de altura le daban un porte imponente y en la sonrisa que dibujaba de tanto en tanto se encontraba el equilibrio con la ternura de un hombre formado entre mujeres. Era sensible, dedicado y muy pendiente del bienestar de sus afectos, pero claro, eso pocos lo saben, pocos lo reconocen, muy pocos aún lo recuerdan y de esos pocos, sólo uno o dos todavía lo tiene en cuenta.
Si bien mi amigo siempre mantenía un aspecto soberbio y de autosuficiencia era inseguro por demás, asustadizo y en constante lucha contra su autoestima; no puedo evitar sonreír al pensar que eso nunca le impidió enfrentarse a lo que hubiera delante de él incluso a su lado más opuesto.
Hubo una noche de Diciembre que nunca va a pasar, una historia que por temor a olvidar dejo implícita en este texto.
Las navidades de aquel año eran como de costumbre una pena más que una fiesta, en particular la que menciono en este escrito. Una gran pérdida en su vida había sido motivo de varios meses de dolor y lamentos, dolor del inesperado, ese que ataca por la espalda y sin anestesia, el que no pasa jamás, por su carácter de irreversible, carente de atenuantes, de culpas, dolor puro.
Ese 24 de Diciembre nos encontró en vela, solíamos festejar por adelantado y que la noche buena por cuestiones familiares alguno de los dos viajaba y por lo tanto cada quien la pasaba por su lado.
Según Will me dijo una tarde de Mayo mientras caminábamos bajo un frío rocío, aquella mañana PRE-navideña, cuando yo partí él permaneció despierto, sentado en su cama tocando una canción de su autoría hasta que decidió que era tiempo de comenzar el día; así fue que preparó el desayuno, afinó los dedos y empezó a escribir.
No voy a hacer hincapié en cómo transcurrió la tarde o la cena, basta con saber que fue triste, tediosa y solitaria.
Entrado ya el 25, mientras el cielo se teñía de colores y humo, de risas, gritos y grandes deseos, sentado en su puerta él pensaba en nada, intentando no gritar ni enloquecer; lo logró durante algunas horas, y cuando se volvió incontrolable tomo su manojo de llaves, un paquete de cigarrillos, su encendedor a bencina y sin hacer ruidos innecesarios o escándalo salió de casa mientras todos dormían.
Afuera ya era otro paisaje el que se advertía, la noche vestida con algunas nubes dejaba ver alguna que otra estrella sin pareja, sólo unas explosiones se oían a lo lejos y apagadas,  no más risas, no más gritos, estaba sólo, en paz y armonía con su sollozo.
Si había algo que Will tenía era memoria, retenía detalles, lugares, imágenes, aromas, memoria privilegiada que le dio una enorme cantidad de buenos momentos y le aseguró dolor eterno.
El caso es que su memoria y su gran cantidad de barrios y ciudades transitadas le otorgaron infinidad de conocimientos; utilizando estos últimos fue que sin demasiados inconvenientes encontró un expendio clandestino donde comprar algo para calmar su sed y embriagar su pena.
Hubiera pagado por verle caminar por esas calles vacías, hablando sólo, con una botella sostenida tiernamente por el cuello, como se sostiene a un amor que duerme en los brazos de uno; me hubiera encantando estar en su mente un instante, principalmente para saber qué lo condujo a saltar un portón de rejas y colarse a escondidas en una iglesia cerrada con candado, ya que si bien sé con certeza el por qué de elegir esa iglesia en particular, nunca comprendí de dónde nació aquella descabellada idea, tampoco intenté saberlo, sin aquella idea, esta historia nunca hubiera sido escrita.
El Sol todavía ni asomaba sus primeras luces cuando mi querido Will ya caminaba entre bancos de madera gastada y pisos fríos de baldosas gigantes, un lugar completamente muerto, sin velas ni cantos, ni penas, ni santos. Con sumo respeto se inclinó levemente ante una pálida y tétrica figura de cerámica, una lágrima llovió al vacío y estalló contra el suelo, bañando el piso con tristeza de la más profunda.
Lentamente había cerrado sus ojos resignando aquella gota de dolor, pero esos mismos ojos oscuros se abrieron a tope de un golpe y sus pupilas temblaron, algo crujió a un lado de la escultura inmóvil tras la cual se desplegaba un telón rojo, grueso, pesado, manto que se movía tras aquel rechinar de madera, una situación que yo consideré escalofriante y ante la cual hubiera corrido a más no poder hasta alejarme varias manzanas de allí, pero no él, su curiosidad supo llevarlo al centro de grandes problemas, pero debo reconocer que también le ha brindado más de una satisfacción, nunca supo quedarse con la intriga, por lo que a paso muy lento, apoyando la punta del talón y de a poco el resto del calzado, como en cámara lenta, se acercó con cautela. Entrecerró los ojos, agudizó el oído y oyó una respiración casi muda, agitada, pero agónica. Miró hacia atrás y a los lados, volvió a fijar la vista al frente, y sin pensar en volver continuó hasta el final del paño, lo apartó lentamente, frunció el ceño y sonrió de lado.

Una mujer de no más que 19 años sentada en una especie de tarima baja de madera lo miraba, con expresión extraña, el rostro bañado en lágrimas y unas cuantas botellas a sus pies.

-Al parecer perdí la exclusividad de este lugar.- Dijo él en un tono bajo y calmado, tranquilizador, pero ella no contestó, en un amago de llanto sonrió, pero permaneció en silencio.

-Supongo que también es tarde para brindar.- Continuó perseverante mientras con la punta de su pie derecho movía una botella vacía, haciéndola rodar por el suelo.

-Supongo que lo que estoy interrumpiendo no es el comienzo de una misa.- Contestó ella sonriendo entre rezagos de llanto mientras fijaba su vista en la bebida que Will sostenía entre sus dedos.

-No confundas hija mía, es “Vodka bendito”, o “Bendito Vodka” según algunos fieles.- Exclamó en tono serio y educado.

Moviéndose despacio para no asustarla se acercó a ella y se acomodó a su lado.

-¿Deseas hija mía recibir su bendición?- Dijo risueño.

-Por supuesto, ¡será un placer!- Afirmó exagerando sus gestos.

-Mientras lo hace, sería una muestra de gratitud que me explicaras por qué estás en este lugar, a esta hora.- Indagó Will.


-Quienes mucho me conocen me dicen “Alma” en un juego de palabras con mi apellido, pero mi nombre real es Lara, no soy de por aquí, vengo cada año a pasar las fiestas a casa de mi madre, a pesar de vivir y llevarme excelente con mi padre, el punto… (Su voz comenzó a quebrarse, respiró hondo, forzado)



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El punto? El punto lo dejo para la próxima, espero haya gustado, muy pronto sabrán cómo sigue. Mientras más guste, menos tardaré en publicar el resto (Sí, es chantaje.) 

A todas las madres, muy feliz día, muy feliz día a la mía, muy feliz día a las que se han ido pero siguen con nosotros en cada pequeño gesto del día a día. Las extraño, las amo.


Will.-

1 comentario:

  1. no te puedo creer,crei que esta historia estaba sepultada,muy muy muy buena manera de contarla,te felicito,me gustan mucho las descripciones o como se diga =).te amo Tigre,muy linda la idea de publicarlo en varias veces,me vas a tener pendiente todo el tiempo ahora.nos vemos.. despues =).chuiks!!!!NATY-

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