Propios nombres piropo.

Después de años, Julia y yo nos juramos, fue recostado en su pecho que clausuré mi mirada, con los oídos tapados por sus manos, frías, cercanas, por última vez firmé la paz con mis hermanos, hablamos, nos observamos, gemimos en silencio, brillando apagados. Los pies contrarios a la hoguera, las luces bajas de un comedor hambriento de dulce, de salado, su cabello y las cosquillas en verano, la piel, las costillas en las tierras de mi legado, a Julia le gustaban mis relatos, mi pasado disfrutaba de regalarlos, pero Julia es un recuerdo más en la habitación de mis souvenirs, adornando a Venus al vivir, engalanando a Saturno al partir, nunca supe cómo se marchó ni cuándo, nunca fui capaz de decir adiós, amor, no sufro tanto, con la bandera del romanticismo estoico militando, en los arándanos de la sed respirando. Cinco? Seis. Y fueron esquemas predicciones mientras dormías a mi lado. Lola y Julia tienen algo en común, el limón en los labios, el ácido en las venas, la inmortalidad en mis textos labrados, en las rutas fraguamos monedas y ramos visados, a veces, le pido que me recuerde aquellos días de verano a los que el bronceado de mi espalda refiere, divina comedia, genuina fricción, superhéroes y sus damas, cantantes de hip hop, la Torre en "D", un alfil mirón, un volcán, alergias alegrías, pirómano pelotón de manos en su garganta, en sus muslos y su flor. Julia conserva en su iris la violencia del arco, la ternura triste de un violín jubilado, en Adrogué o en el Cairo, Julia es el grito sagrado, no hubiera sobrevivido a aquel Julio sin Julia usurpando con su lengua el Micelio de mis músculos sembrados. Sentado en una cornisa a la distancia miro edificios velados, antenas vestidas de rojo y blanco, tanques trancados, a la distancia veo a Julia hermosa y brillando, con la etimología de su nombre en brazos, con los aviones más cerca que los vagones del tren, más lejos de los reclamos, más lejos del rencor que de la miel.



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