Final cerrado.

2da y última parte del cuento, disfrútenlo.

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Amaneció frío y hostil, la noche fue furiosa y me resultó difícil conciliar el sueño en aquella cama de roca sólida, pálida y rugosa, áspera y dura, no me costó ni un bostezo levantarme y comenzar el día, me dirigí como los últimos amaneceres al encuentro del misteriosos joven de las cargas, lo intercepté, lo seguí y esta vez, no contento con el simple hecho de esperar y que mi curiosidad muriera  siendo sólo manchones en una libreta rodeé la vivienda, giré mi bolso a mi espalda y comencé a trepar cajas mientras miraba con ambición un ventanal varios metros más arriba.
Cuando por fin logré aferrarme a la pequeña cornisa asomé mi cabeza y observé dentro, a través del vidrio manchado por el polvillo que arrastran los fuertes vientos noctámbulos pasarle solo un dedo bastó para ganar un buen ángulo de visión.
Dentro de la habitación estaba lo que buscaba, esa loca suerte característica de los cuentos para niños.
Una gran mesa adornada con todo tipo de manjares y rodeada por sillones en los cuales se hallaban sentados los comensales de lo que parecía un aquelarre arabesco, en un extremo de la misma el cargador, en el otro un hombre de unos 80 años de aspecto bárbaro, atacado por el paso de los años y con tatuajes desprolijos y decolorados, dignos de un marinero o un pirata; entre el resto de los miembros del banquete logré ver varios rostros conocidos, algunas de las prostitutas que había encontrado a lo largo y ancho de la ciudad y por supuesto, la sirena de tez pálida y ojos de deidad, permanecí calmo y a la espera, incluso cuando el primer reflejo en otro momento hubiera sido atravesar el cristal y tomarla para huir de allí.

Casi dos horas pasaron y lo único que sucedía en el amplio salón era que el hombre del extremo principal del mesón hablaba y hablaba, nadie gesticulaba, pero de pronto hubo un silencio, el muchacho se levantó, cruzó el lugar, tomó de las manos del marinero un monto considerable de oro y se marchó mientras todos lo observaban con rostros impacientes, con cierto dejo de pena o dolor. Desde mi posición logré escuchar los pesados sillones arrastrando contra el suelo y todos se dispersaron, sólo quedó el viejo en su trono de piedra. Bajé rápidamente, casi cayendo y corrí a la entrada buscándola a ella, a la distancia la vi salir, aceleré el paso, la tomé por la cintura mientras Febo emprendía su partida y la noche caía sin vacilar, tapé su boca y la aparté de la vista de todos,; me miró con cierto pánico, miró mi boca, entrecerró sus ojos lentamente y me besó con toda ternura, sin poder evitarlo sucumbí ante tal obsequio.
Tras algunos golpes de nuestros labios se alejó y volvió a mirarme sin culpa, pero con cierto miedo en sus pupilas levemente dilatadas, alguien puso una mano en mi hombro derecho, por detrás, y temí que lo hecho hubiera sido una gran estupidez.

Giré sobre mis talones esperando un golpe o quizás una puñalada pero al tiempo que volteaba la pequeña frente a mí sonreía alegremente. Cuando completé la media vuelta me encontré con el anciano que me condujo hasta el joven que transportaba los bultos, el desconcierto se incrementó al percatarme de que él también sonreía, casi rejuvenecido, con una mirada mucho más cómplice, desencajando con lo derruido de cuerpo y no tuve más que condescender y sonreír también.

Ambos me condujeron a una habitación extremadamente humilde en lo alto de un suburbio, humilde sí, pero increíblemente acogedora, muy bien decorada. Me sentaron gentilmente y convidaron con algunas frutas frescas, mirando a mi alrededor empecé a atar cabos, a afirmar teorías, ellos eran padre e hija.

Bebimos zumo de limón en silencio durante unos minutos y luego el padre de mi nueva musa comenzó a hablar en un tono calmo, con voz mucho menos lúgubre que aquella primera vez que lo oí en el callejón, recordándome a su bella hija, así conocí la historia real y todo tuvo sentido al fin.

“Simbad, el marino”, viejo despreciable, mitómano y aprovechador, con sus fábulas falsas y baratas de viajes y proezas atrae a jóvenes desesperados, carenciados y con ansias de salvación para ellos y sus familias, los conduce a su pequeño palacio y les paga sólo por oír sus mentiras, les da dinero que sus otros servidores ganan durante las noches y finalmente los hace parte de su negocio de vicios y prostitución, de perdición. Viejo asqueroso que trafica con la necesidad y el futuro de sus víctimas, impune desde el punto en que los reclutados creen en él y sus promesas, cosecha fantasías que solo son parte y alimento de su enfermedad, repugnante y sin escrúpulos.

Llegué a Bagdad buscando una historia para escribir y la dejo en este maltratado aeroplano con algo más que eso, un texto que publicar, una verdad que contar, un nuevo amor, y un muerto en el placard.-

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Gracias por todo una vez más.

Un abrazo enorme a todos. 


Seguimos en contacto, nos encontramos de nuevo en unos días.

Opinen, comenten, disfruten, lean.

Will.-

1 comentario:

  1. Para pedir cosas si pero para venir a mi cumpleaños no no???jeje,venite tigre,te esperamos.Muy bueno el cuento o lo que sea,te pasaste una vez mas,no soy muhco de firmar yo,eso se lo dejo a natu,pero esta vez me parece que hace falta,porque cuando se tiene a un loco como vos de amigo no importa la hora,la verguenza ni la fiaca,sos un maestro loco,toda la vida te voy a estar en deuda,los dos,sos una maquina de hacer boludeces,pero sos un amigo de fierro y siempre vas a ser como un hermano para nosotros dos,te dejo che,es tarde,cuando quieras manda mensaje y venite,un abrazo de parte de natu y mio,segui con esto aunque la gilada no firme ni ponga me gusta ni visite,ni nada,nosotros vamos a seguir aca disfrutando de todo este talento,hablando de eso,extraño las tardes de freestyle en la terraza,que epocas no???hasta lueguito tigre,un abrazo!!!

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