Vivir a colores.

Los abrazos pendientes, pendiendo de un hilo, prendiendo un pabilo y pretendiendo no pretender beber del vino de los impacientes. Los idiomas perdidos, saltar y escapar, perder los estribos, tumbar los muros, correr ardidos los circuitos cortos, los círculos y los cililindros. Se cerraron los caminos, atrapados entre paredes y espadas, en callejones sin luces y temblores, los días finales y el juicio correspondiente, el calor de sentirse sentenciado, la sangre hierve y vibra el cielo, se caen las columnas, sirenas silentes. 

Mentes desaturadas que no pueden ver la vida a color, cuadrados, simples, planos, mentes en dos dimensiones incapaces de ver la nueva profundidad. Se acabaron las recompesas por primitivos, las recompensas con perfume a tocador, se cambió de profesión el trovador y ahora describe versos en paredes de aerosol, ya no corre para escapar, corre para alcanzar antes su punto de llegada que es el de partida de alguien más y sólo una posta en otra carrera, los caminos se cruzan, se unen y se separan, pero cada quien a su pugna.  

El hambre, las ganas de comer, de bajarse del tren, de dejar el andén y ver el mundo desde una pendiente en los Andes, mientras unos golpean la basura y otros revuelven las montañas y los mares en busca de una oro. Dora la vuelta, dorada la ida, oraba en la cuesta, doblando la apuesta, el Sol, su puesta, apostados en lo ilegal del las luces que parpadean, la sed de los semáforos, la vida en lo alto, donde los perros no llegan, donde los palcos los ocupan los del otro lado. 

Rojos labios en un mundo desaturado.

Esquina Sur, del barrio del Norte, de alba parca, del alma noble, un canvas de costumbres milagrosas y berrinches de las sierras, las piernas más bonitas, al menos de Finisterre. Se mueve como un pez en el océano, arde como el Sol golpeando la puerta del fin del mundo donde nos vimos en una terraza malabareando estrellas y aviones desorientados, cayó un diluvio en picado e inundó las aceras, rompiste la pecera y te perdiste en el mar de calma, en los callejones de Bagdad, en el París de Babar y el balcón de Holmes. 

Pronto quisimos resguardarnos, tiempo al tempo de un par de zapatos chapoteando, se robaron los barcos de papel navegando charcos, se volaron los paraguas rojos de los paisajes desaturados, se olvidó de nosotros el conductor de la murga fantasma de los pasajes bárbaros de Condarco, Flores, bajos, plazas, palcos, fuimos a darnos un abrazo en las fauces de San José y pasó desapercibida la misericordia en la falsa libertad que te ataba, vandalizamos las cadenas, alargamos la tertulia una década y pintamos mensajes con pétalos en las paredes, volvimos a los prados que nos vieron sonreír por primera vez, entre libros y dagas, entre bendiciones y danzas, vetusta casualidad que nos mantiene envueltos en magia, año sobre año, bucles, espirales, nostalgia y alabanzas. 

Puedo ser rabia y puedo ser metáfora, puedo ser fauna, flora, puedo ver en callejas asfaltadas las marcas de arañazos que quedaron de batallas pasadas, Coronado de Victoria, formas del Guernica, fuego en Pompeya, pluma y tinta en la Rivera, vid en la nevera, miel en la cintura, pecado en las venas.