Mayo de aperturas.


Aquel invierno precoz convirtió mi Mayo en un martirio, mi feliz día mas bien un día para el olvido, mis piernas estiradas, un televisor encendido, tras mi espalda y cuello un almohadón mullido y entre la fiebre y la falta de amigos, un boleto de ida a las profundidades del hastío.

Tenía junto a mí más gruyas que suspiros, más crayones que pistilos, era un niño solitario en mi historia de llaneros, pudiendo ser un rey siempre jugué a ser Aladino. Mi abuela inmaculada y sus recetas de familia me mantenían en batalla, mi aire ya no alcanzaba para derrocharlo una vez por segundo, un médico, una enfermera, una paciente y una urgencia, mi casa nunca me resultó tan anarmónica y vacía, mi madre y sus escuelas benditas, el libro que cambió mi agonía por caminos.


Abrí una puerta y estaba en el infinito, temí, la cerré y el mundo se cerró en mis narices, limpié mis lentes de niño y giré la gruesa tapa forrada de tela e hilo, conocí al hombre que en su empírica historia de nieblas y humos fundó la escuela del placer escondido, por primera vez en mi mundo de estudios las letras eran más que garabatos y mililitros, estornudar empeoraba mi estado físico, pero el polvo de las páginas amarillentas daba aire a mis sentidos, mientras mis pulmones trabajaban a jornal completo y yo sólo vivía con un cuarto del aire mínimo, un joven atlético saltaba dentro mío con su arco y una daga, haciendo de héroe aunque el mundo lo cazara; mi corazón galopaba, como el corcel negro de la historia pasada, mi cuerpo reclamaba y maquinas colaboraban, peleaba por fuera con el tiempo, por dentro con la muchacha que amarraba mi nombre a la corteza rugosa y en medio con el resplandor que alargaba mis mañanas. 

De dos en dos las fábulas devoraba, de tres en tres las torres escalaba, de cuatro en cuatro mis horas calculaba, la medicina maneja tiempos extraños.
Me enamoré de las damas que otros salvaban, aprendí a rescatarlas y ganarme sus almas, aprendí a encontrar respuestas en el marco de unas gafas, entendí que en el mundo no hay suficientes páginas para explicar lo que nos pasa.


Will.- Tigre.-


Fotos por Photo Pixel y Yo.

Dulce historia ajena.



Misterio, culpa y pretexto, parámetros inciertos de un pretérito muerto, un segundo en tus labios, un eterno infierno. 

Deja el calor de una hoguera, cierra tras su espalda una puerta de madera pintada y sin darle vuelta a una llave concluye otra etapa, besa con sus ojos cerrados al invierno pleno. Escapa a la noche, a ver un fantasma, el aura de la dulzura, el cristal con ojos pardos, el pilar de los presagios, el respaldo de los lechos, el sendero de los dichos a los hechos. 

Con pasos maltrechos se aleja, camino al comienzo inconcluso, perdido en el rastro de los pájaros, muñecos de trapo, porcelana y envidia, pequeños dulces y mil calorías, labios rojos, perlas negras, píldoras raudas, ramas de álamo, lágrimas de sauce, ¿Dónde escondiste las cicatrices que decías perdidas?.

¿De quién es la almendra que duerme en tu boca?¿De quién la miel de tus pupilas?¿De quién el gemido destruyendo el gélido desvelo? Pues lo nieguen u oculten, lo griten o escuchen, el último gran beso que te dieron fue mientras rugía la añoranza de mi existencia.




Will.- Tigre.-

Foto por Photo Pixel